Hacerse eco

Silencio, murmullos, gritos y letanías componen la polifonía de Marrakech que Canetti pone por escrito, por Antonio de la Fuente

¿Cómo habla, cómo suena una ciudad ? ¿Una ciudad como Marrakech, extranjera, por añadidura ? Elias Canetti presta oídos, se hace eco. Canetti llegó a Marrakech en 1953, acompañando a un grupo de ingleses que rodaban un filme en la antigua capital de Marruecos. La sensación de extrañeza, de alteridad tajante que la ciudad provoca en cualquier extranjero se manifiesta para Canetti, antes que nada, como sorpresa para los oídos. Y así lo registra, al punto de titular la narración de su estadía en la ciudad Die Stimmen von Marrakech, las voces de Marrakech. Camellos, ciegos, mendigos, niños, orates, asnos, vendedores y artesanos de los zocos, arabescos acústicos, silencio, murmullos, gritos y letanías componen esta polifonía inaudita que Canetti pone por escrito, sin pintoresquismo alguno, con escrúpulo de buena ley.

Canetti nació a orillas del Danubio, en Bulgaria, en el seno de una familia sefardí, y su primera lengua fue el ladino, el viejo español de los judíos que debieron partir pero nunca abandonaron la añoranza de Sefarad, el nombre que daban a la península ibérica. Siguiendo a su familia, vivió en Inglaterra, luego en Austria y otra vez en Inglaterra, desde 1938, esta vez para escapar del nazismo. A pesar de las experiencias traumáticas del Anschluss y del holocausto de los judíos, escribió su obra literaria en lengua alemana.

En Marrakech, escuchando árabe y bereber, lenguas que no comprende, Canetti percibe y refleja la carnalidad del habla, la densidad de sentido que hormiguea bajo su sonido. Tal como suena en la voz de los narradores de cuentos de la plaza Djemaa el Fna. O en el silencio de los escritores públicos, aquellos hombres doctos y pobres de solemnidad, que ayudan a poner por escrito las limitadas soluciones a los infinitos problemas de la gente.

En tierra de Islam, el primer sonido, antes incluso de que raye el día, lo trae el canto del muecín llamando al rezo. « Mejor se está rezando que dormido », convoca desde el alminar, « Alá es grande, todo viene de Alá y a Alá todo regresa ». Luego se oirá el canto del gallo, el de los pájaros, las voces de la cocinera, la lluvia en invierno, el primer rumor de la medina, el vendedor de esto y el reparador de aquello, los ruidos que cada cual suma al fragor colectivo. Andando el día, el ruido podrá llegar a ser intenso, pero nunca dejará de decaer y abrir paso a un silencio profundo al caer la noche. El desierto no está lejos.

Les voix de Marrakech, Elias Canetti, Le livre de poche, 2003 (Las voces de Marrakech, El testigo oidor, Random House Mondadori, 1993)